Igual que el gólgota, el camino amargo que lleva a la crucifixión, así me sentí, desde el prólogo hasta la página sesenta. No pude más; tengo que reconocerlo, ¿estaba ante un autor de prestigio o ante un libro subido a los altares prematuramente? No sé, el caso es que las recomendaciones no son fiables.
Ya el prólogo anuncia la pretensión literaria del autor y de los posibles destinatarios; se compara con la literatura de la época y anteriores tomando iconos literarios como referentes de su libre.
Pero “El barón rampante” o el principio no pasa de algo tan absolutamente pretencioso como esta entrada del blog. Se hace pesado, el arranque de la historia no engancha, no es creible ni fantástico, es una absurdez incongruente…se adivina el final. Las minuciosas descripciones del follaje y árboles que sirven al barón para su habitat y, en general ese comienzo tan vulgar y poco fantástico, dentro de su incongruencia son cansinas, interminables.
Aunque este libro es uno de esos que circulan como imprescindible dentro del panorama de la literatura juvenil, el lector impaciente, versado o no, tendría serias dificultades para recomendar esta literatura tan indigesta. Se le caen los andamios por mucho que el autor se esfuercfe en publicitarse en el prólogo.
No es así, se queda en un vano ejercicio de exceso de literatura: El barón rampante se ríe de los tontos que se lo creen.
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